Resuenan en mi cabeza, resuenan tantas cosas: arboles floridos, guerras floridas, una pieza de Jazz, una canción de los ochenta, el primer beso que ella me dio, la barriga de mi mamá en embarazo de mi hermano menor, una calle, una casa, una mariposa azul, un árbol de zapotes, un tío avaro, las lágrimas de un perro, un cafetal, un amigo muerto, un amigo ido. Voy en bicicleta, y siguen resonando: un guayacán repleto de flores moradas, una fotografía a blanco y negro, un gato color chocolate con pintas blancas, el Gato de Tejada, una finca, el picotazo de un gallo en la tarde del veintidós de marzo de mil novecientos noventa, mil novecientos noventa, mil novecientos ochenta y cuatro, Orwell, muere Cortázar, una mariposa amarilla, una cachetada que me pegó mi papá cuando estaba chiquito, mi hermano mayor partiéndome la nariz contra las tablas del piso, abejas, lobos, ratas, tigrillos. Una señora por la casa me dice hablasolo, tal vez piensan que estoy loco, yo voy por la calle y me río: me rio de un chiste, de un guiño, de una gorda, de un niño tan carón y feo que no me importan sus insultos a mi cabello crespo. Por el barrio había un tipo que se volvió loco de tanto leer, decía carneconsangre, así pegado a cada rato y andaba loco con cuatro perros y la camisa abierta como esos asesinos de por la casa que consiguieron plata y se creen la gran mierda dentro de su amplia pobreza mental. A ese tipo no lo volví a ver. Paso por una tienda, la gente compra y los indigentes piden. Y siguen resonando como un remolino caótico todos estas imágenes: una bandera de Colombia, un chamizal, el color rojo, una mujer, una mirada de mujer, un abrazo de mujer, una cintura de mujer, la sonrisa de una mujer, el cabello de una mujer, los ojos negros de una mujer, el cuello de una mujer, los labios de una mujer, el amor por una mujer, la soledad, la taciturnidad, la oquedad, la eternidad, el chiste de una amiga, me río a carcajadas pedaleando hacia mi destino, la gente me mira, no me importa, no son nadie, todos necesitan un abrazo, todos ellos son un mediocres infelices, unos resignados desertores del sueño, me miran porque sueño despierto y rio soñando. Resuenan: Mozart, Vivaldi, Andrés Caicedo, Eduardo Galeano, un gato llamado Akira, un blues sobre una mujer que deja a un hombre y hombre le pide reconsidera nena por favor, el abrazo de un amigo, una guitarra en un parque a las dos de la mañana, miles de cigarrillos que no me gusta fumar, margaritas moradas, barcos de papel, nenitas, bonitas, Alejita, Galambrea, días azules. Las ancianas se escandalizan porque un hombre ríe en la calle. Yo pienso que a ese hombre deberían dejarlo tranquilo.
12 nov 2010
LA MÁQUINA DE RONRONEAR
La máquina de ronronear es un conjunto de mecanismos dando vueltas en armonía perfecta, una sucesión de engranajes y poleas girando hacia un centro nocturno con la precisión de un reloj suizo de relojero suizo apasionado por la relojería. Tiene poderosos circuitos por donde corren efluvios de energía y conexiones intrincadas y piñones que ruedan a quinientas revoluciones microgáticas por segundo. Es un laberinto de pitillos metálicos que se extiende por miles y miles de microgatos de distancia; el aire que fluye desde las corrientes ultramaquinales situadas a cuarenta grados norte de este artefacto, en cúpulas heliocéntricas, llega hasta su corazón: una armazón cuyo interior guarda en secreto doce pistones, trescientas bujías, once interruptores de arranque centrífugo, quince rotores magnéticos, y doscientos motores síncronos trifásicos cuya disposición es aun más secreta y es la que le imprime vida y movimiento a este sistema; también contiene doce mil tejados y tres mil quinientos diecinueve cuentos felinos.
Con soberana libertad una mano se estira, abraza al gato y en su caricia, como un supresor de tristeza, prende la máquina primero silenciosa, como una guitarra sin cuerdas. Adentro en su interior oscuro una llama cobra vida, se enciende con una fuerza directamente proporcional a la intensidad de la caricia, esa que a veces alienta un mordisco lleno de baba. Luego viene un aplauso en el aire con sus patitas y el movimiento equilíbrico y gracioso de la cola en el vacío. Y después un discurrir de balines, de goteras y de peces que se mueven debajo del pelaje, una vibración y un pulso de aire. En la piel se abre un compartimiento que parecía oculto, extinto. Sale un vapor de aguas lunares y luces solares. Suena por fin un fuerte ronroneo, se prenden los motores y brotan las alas que alientan el vuelo secreto de los gatos.
LA BELLA
Cuenta Doris Leal, que un día de marzo en la época de los años treinta, cuando era joven y hermosa, viajaba en un avión sobre la costa Caribe colombiana. Cuenta esto jurando por Dios: que esa tarde, una bella muchacha ascendía a los cielos llevando consigo unas sabanas blancas, y sigue jurando ante nuestro asombro, que a la joven hermosa se la tragó la turbina izquierda del avión y la volvió una papilla sangrienta del mismo género que resulta meter un gallinazo negro en la licuadora.
ENEMIGO PÚBLICO
En el centro de la plaza amarraron al hombre, sería fusilado a las tres de la tarde, para escarmiento de de los revolucionarios y para sembrar el terror entre demás gente del pueblo. La visión general de la plaza era alrededor de cien personas y delante de ellos el pelotón de fusilamiento: cuatro hombres. El futuro muerto tenía los ojos vendados, y en un acto de de vanidad o de valentía pidió le retiraran la venda, quería ver las explosión y luego las balas. Estaba de espaldas a un muro ensangrentado con boquetes de proyectiles. A su derecha estaba el Capitán Torres a punto de hablar:
-¿Algo que decir?
-Soberanos hijos de puta todos ustedes.
El Capitán dibujó una sonrisa y seguido las palabras: preparen. Los cuatros hombre alzaron los fusiles al viento. Apunten. Todos los niños cerraron los ojos, un perro ladró, el condenado también los cerró. ¡Fuego!. Se hinchó la tarde con el sonido del plomo. Cuando todos abrieron los ojos, el Capitán Torres cayó muerto.
RESUMIDAMENTE
Bellamente salieron una tarde, amáronse en la noche sin mente, corrieron por las avenidas furiosamente, toscamente, en los parques loquearon pichamente, aletiaron indigentes, cagaron ostensiblemente en todas las iglesias terminadas en mente, besáronse salvajemente hasta correrles la sangre inconteniblemente, mearon en las esquinas de todas las calles de todas las casas resueltamente hasta debajo de los puentes. Con infidentes baretearon los humos hasta quedar inconscientes, dañóseles la mente luego lisérgicamente. Polvearon lindamente en las garitas de los vigilantes mientras estos dormían profundamente. Llevaron trece perros hasta el muelle para meterlos como polizontes en barcos mercantes, par de mentecatos: ella hermosamente rubia de corazón latente, él brutalmente de rasgos penetrantes pero la trataba suavemente como a una bella durmiente. Tomaron café en un velorio a lastresdelamañana junto a los dolientes, del difunto rierónse bobamente del bigote y luego los lentes. Rientes marcharon rápidamente por la calle veinte, hundiéronse eróticamente las lenguas desvergonzadamente sin escrúpulos ante los viandantes. Paráronse luego de revolcarse bastantemente, muchamente, y anduvieron pausadamente mientras les amanecía lógica e inevitablemente. Abordaron un bus en la quinta lleno de gente y se marcharon para siempre sin que hasta el día de hoy nadie se lamente.
LA TRAYECTORIA DE LA RABIA
El pecho se infla de rabia. Sube la sensación al cerebro y se convierte en impulso eléctrico. Se despierta la ira que mueve el brazo que mueve la mano que mueve el dedo que hala del gatillo. El martillo golpea el culo de la bala, explota la pólvora, se hincha la vaina de metal elástico por la acción de los gases para vedar la recámara del arma, revienta el humo sobre la piel y los vellos, estalla el sonido. La punta de plomo avanza por el tubo del cañón, llega a las paredes estriadas y la bala despega lentamente y luego empieza a girar como un tornillo (movimiento que le dará su aparente trayectoria recta) por efecto de la fuerza centrífuga. Atraviesa la boca del tubo en una segundocentécima y se despide el proyectil por la boca del revolver. Rompe el aire el plomo a trescientos metros por segundo. Aguanta la gravedad, sigue su trayectoria parabólica que se eleva un poco para luego decrecer y plaf, pegar en el blanco. La ojiva ardiente desgaja la piel y quema el perímetro circular del agujero con restos de pólvora y ceniza, atraviesa la carne del tórax y rompe una costilla. Mana la sangre a borbotones por el corte de la arteria aorta. El cuerpo cae contra el piso como el aplastamiento de una gota y suena la cachetada contra el suelo que levanta polvo y partículas elementales de la noche trágica que quedará grabada en la historia familiar del muerto. La presión sanguínea cede. El corazón desbombea invirtiendo el pulso vital hacia la nada. Se apagan veintisiete años de vida mal vivida. Penetra el frio aniquilante por las cavidades por donde fluye la sangre caliente. Se cierran los ojos que miran la tierra por última vez. Escucha pasos que se alejan a gran rapidez y una voz que grita vos mataste a mi hermano hijueputa.
EL TRAFICANTE DE QUESO LUNAR
Digamos que por ejemplo te compro un racimo de bananas lunares, entonces tu sonríes, y apenas lo hagas yo amarro una de las sonrisas que se te salgan de la boca a una cuerda, sujeta a la vez de mis pantalones, y la sigo mucho mucho mucho rato para donde ella vaya, y así descubro el lugar al que pertenece y me llevo una red de cazar mariposas para atraparlas y guardarlas en un jarro aforado con forma de farol que ilumine mis noches de conejo lunar, de conejo azul lunar traficante de queso, de queso lunar.
Digamos que la luna se va a poner celosa al verme llegar untado de sonrisas voladoras y de labial rojo; y si me echa me voy a dormir y a traficar en tus labios donde nacen tus sonrisas. Hago una cama de labial rojo y me cubro con sonrisas; colchón de sonrisas, sabanas de sonrisas y almohada de sonrisas y si alcanzan una pijama de sonrisas, las más voladoras.
Digamos que todo esto fue verdad. ¿Sabes algo? voy a narrarle a todo el mundo el micro cuento de un conejo azul traficante de queso lunar que se enamoró de una mujer que reía sonrisas voladoras y al final terminó viviendo en su boca de labial rojo pescando de los pececitos de chocolate que ella comía todos los días y allí se quedaría hasta el día en que se acabaran las sonrisas o sea por siempre porque eran infinitas.