12 nov 2010

LA TRAYECTORIA DE LA RABIA

El pecho se infla de rabia. Sube la sensación al cerebro y se convierte en impulso eléctrico. Se despierta la ira que mueve el brazo que mueve la mano que mueve el dedo que hala del gatillo. El martillo golpea el culo de la bala, explota la pólvora, se hincha la vaina de metal elástico por la acción de los gases para vedar la recámara del arma, revienta el humo sobre la piel y los vellos, estalla el sonido. La punta de plomo avanza por el tubo del cañón, llega a las paredes estriadas y la bala despega lentamente y luego empieza a girar como un tornillo (movimiento que le dará su aparente trayectoria recta) por efecto de la fuerza centrífuga. Atraviesa la boca del tubo en una segundocentécima y se despide el proyectil por la boca del revolver. Rompe el aire el plomo a trescientos metros por segundo. Aguanta la gravedad, sigue su trayectoria parabólica que se eleva un poco para luego decrecer y plaf, pegar en el blanco. La ojiva ardiente desgaja la piel y quema el perímetro circular del agujero con restos de pólvora y ceniza, atraviesa la carne del tórax y rompe una costilla. Mana la sangre a borbotones por el corte de la arteria aorta. El cuerpo cae contra el piso como el aplastamiento de una gota y suena la cachetada contra el suelo que levanta polvo y partículas elementales de la noche trágica que quedará grabada en la historia familiar del muerto. La presión sanguínea cede. El corazón desbombea invirtiendo el pulso vital hacia la nada. Se apagan veintisiete años de vida mal vivida. Penetra el frio aniquilante por las cavidades por donde fluye la sangre caliente. Se cierran los ojos que miran la tierra por última vez. Escucha pasos que se alejan a gran rapidez y una voz que grita vos mataste a mi hermano hijueputa.

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