En el centro de la plaza amarraron al hombre, sería fusilado a las tres de la tarde, para escarmiento de de los revolucionarios y para sembrar el terror entre demás gente del pueblo. La visión general de la plaza era alrededor de cien personas y delante de ellos el pelotón de fusilamiento: cuatro hombres. El futuro muerto tenía los ojos vendados, y en un acto de de vanidad o de valentía pidió le retiraran la venda, quería ver las explosión y luego las balas. Estaba de espaldas a un muro ensangrentado con boquetes de proyectiles. A su derecha estaba el Capitán Torres a punto de hablar:
-¿Algo que decir?
-Soberanos hijos de puta todos ustedes.
El Capitán dibujó una sonrisa y seguido las palabras: preparen. Los cuatros hombre alzaron los fusiles al viento. Apunten. Todos los niños cerraron los ojos, un perro ladró, el condenado también los cerró. ¡Fuego!. Se hinchó la tarde con el sonido del plomo. Cuando todos abrieron los ojos, el Capitán Torres cayó muerto.
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