Cuenta Doris Leal, que un día de marzo en la época de los años treinta, cuando era joven y hermosa, viajaba en un avión sobre la costa Caribe colombiana. Cuenta esto jurando por Dios: que esa tarde, una bella muchacha ascendía a los cielos llevando consigo unas sabanas blancas, y sigue jurando ante nuestro asombro, que a la joven hermosa se la tragó la turbina izquierda del avión y la volvió una papilla sangrienta del mismo género que resulta meter un gallinazo negro en la licuadora.
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