La máquina de ronronear es un conjunto de mecanismos dando vueltas en armonía perfecta, una sucesión de engranajes y poleas girando hacia un centro nocturno con la precisión de un reloj suizo de relojero suizo apasionado por la relojería. Tiene poderosos circuitos por donde corren efluvios de energía y conexiones intrincadas y piñones que ruedan a quinientas revoluciones microgáticas por segundo. Es un laberinto de pitillos metálicos que se extiende por miles y miles de microgatos de distancia; el aire que fluye desde las corrientes ultramaquinales situadas a cuarenta grados norte de este artefacto, en cúpulas heliocéntricas, llega hasta su corazón: una armazón cuyo interior guarda en secreto doce pistones, trescientas bujías, once interruptores de arranque centrífugo, quince rotores magnéticos, y doscientos motores síncronos trifásicos cuya disposición es aun más secreta y es la que le imprime vida y movimiento a este sistema; también contiene doce mil tejados y tres mil quinientos diecinueve cuentos felinos.
Con soberana libertad una mano se estira, abraza al gato y en su caricia, como un supresor de tristeza, prende la máquina primero silenciosa, como una guitarra sin cuerdas. Adentro en su interior oscuro una llama cobra vida, se enciende con una fuerza directamente proporcional a la intensidad de la caricia, esa que a veces alienta un mordisco lleno de baba. Luego viene un aplauso en el aire con sus patitas y el movimiento equilíbrico y gracioso de la cola en el vacío. Y después un discurrir de balines, de goteras y de peces que se mueven debajo del pelaje, una vibración y un pulso de aire. En la piel se abre un compartimiento que parecía oculto, extinto. Sale un vapor de aguas lunares y luces solares. Suena por fin un fuerte ronroneo, se prenden los motores y brotan las alas que alientan el vuelo secreto de los gatos.
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